¡Cómo una cosa tan engorrosa como cambiar de bolso a diario me puede llegar a gustar tanto!
Esos bolsos grandes, con innumerables bolsillos, que te obligan a ponerte el despertador al menos 10 minutos antes cada mañana para poder traspasar todos los artilugios. Esos son los que a mi me chiflan. Y luego, cuando llegas a la oficina, te das cuenta de que te dejaste la tarjeta de fichar (¡pues para qué quedarme si consta como que no estoy, pienso siempre!), la de la cafetera, que no es imprescindible hasta que abres el monedero y te acuerdas de que anoche pagaste el pan con las últimas monedas que te quedaban; o la barra de cacao que necesitas hoy más que nunca porque la mueca que le has hecho a tu jefe tras el piropo matutino ha abierto una grieta en tu labio inferior.
Por suerte, sólo tengo 3 bolsos y paso por esto un par o tres de veces al mes.
