Empieza mi época favorita y con ella llegan los primeros rayos de sol, aquellos que empiezan a quemar y broncean las pieles de los afortunados que han sido dotados con más melamina en sus genes. Los días son más largos y nuestras agendas empiezan a llenarse de actividades al exterior.
La terraza se convierte en nuestro comedor de verano y no sólo cambia el decorado, también el menú. El estómago nos pide platos ligeros y refrescantes y los vinos blancos, mis favoritos, adquieren el protagonismo en nuestra mesa. En el centro, siempre un cuenco con las frutas de temporada. Aquí es cuando llega lo mejor. Poder saborear las pequeñas joyas de color rojo, las cerezas; o el delicioso y exótico mango; o las fresas, con un poco de azúcar, zumo de naranja y un toque de canela; o el melón y la sandía, siempre tan refrescantes…, ¡no tiene precio! Y el placer se culmina con los apetecibles higos. Por no hablar del helado de higos, difícil de encontrar en las heladerías o la carta de postres de los restaurantes.
Poco a poco se acerca la estación más calurosa acompañada por las tardes en la piscina y los paseos por la montaña uno o dos atardeceres a la semana. Y de pronto llega la noche más corta del año y la más mágica. Para mí, uno de los días más bonitos del calendario, con algo muy especial que celebrar…
Podría estar enumerando atractivos sin parar. Por ello es mi época favorita del año.
